“Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:1-3)
Éstas son algunas de las promesas mas estratégicas en la palabra de Dios. Se repiten a Abraham (Génesis_13:14-18; 15:5; 17:1-8; 22:17-18). Son confirmadas a Isaac (Génesis 26:2-4; 26:24) y a Jacob (Génesis 28:13-14; 35:9-12). Están entretejidas a través del Antiguo Testamento (Nehemías 9:7-8; Salmo 105:6-11; Isaías 51:2). Se elabora sobre ellas en capítulos prominentes del Nuevo Testamento (Romanos 4 y 9; Gálatas 3 y 4; Hebreos 6, 7, y 11). Ultimadamente, veremos que estas promesas son la raíz del nuevo pacto de gracia. Estas promesas a Abraham fluyen una sobre la otra. Esto es algo típico de nuestro Dios de promesas. Él no meramente rocía Su palabra con una promesa aquí y allá. Él las derrama como la corriente de una cascada. Incluidos con estos compromisos divinos hay algunos de los propósitos monumentales de Dios: específicamente, una Tierra Prometida, la nación de Israel, el Mesías y misiones mundiales.