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Si hemos perdido la paz en el mundo, no debemos parar y preguntarnos: ¿Qué hicimos con la paz que Dios nos ofrece?
Indudablemente el tema del día es el de “la paz”. Está en boca de todos y, como es natural, todos queremos esa paz para nuestro bienestar y el de los nuestros, pero, a pesar de tanto hablar de este tema, nunca habíamos vivido con tanta violencia como ahora. ¿Por qué entonces, la paz brilla por su ausencia, habiéndose firmado tantos tratados de paz, no sólo en los Estados Unidos, sino que también alrededor del mundo? ¿Por qué hablamos de paz y vivimos como nunca antes con tanta violencia? Todo parece contradictorio: hablamos de paz pero vivimos en violencia. La respuesta es muy notoria: No tenemos paz pues nos hemos salido de la guianza de Dios y seguimos las tradiciones bien arraigadas contrarias a Su Palabra las cuales son las que rigen los hogares de hoy. No existen buenos estándares y reglamentos en la mayoría de los hogares, pues éstos cambian constantemente. Lo que hoy es malo, mañana es bueno.
Los latinos, como el resto del mundo, están buscando esa paz tan anhelada de la cual puedan depender y también apoyarse, pero la están buscando mal, pues la verdadera paz viene de una relación íntima con Dios. Una relación que sale de adentro hacia afuera. Jesús dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy; yo no la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). La paz no viene porque unos cuantos hombres, todos con muy buenas intenciones, firmen un papel donde nos prometen que ya se logró la “paz”. ¿Qué es lo que entonces falta para hacer esto una realidad?…
Muchos hombres que están trabajando por el bien de su país y quieren que halla paz, son hombres que no tienen tiempo para Dios y alejados de él se han hecho autosuficientes y piensan que no tienen necesidad de la dirección de Dios. Hombres que han hecho sus “propias leyes” para gobernar a los suyos a su manera. Solamente un hombre que tiene paz en su corazón, la puede dar a los demás
¿Donde están esos “varones” creados a la imagen y semejanza de Dios? “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gen. 1:26 y 27) Dios no creó “una nación” a semejanza de él, sino que creó al hombre para que él, en obediencia a su Creador, creara una nación bajo sus leyes. Dios ha dado a su creación un alma con capacidad de amar y pensar, para gobernar sus dominios; de amarlo primeramente a El y, luego a su conyuge, después a sus hijos, y a su prójimo. Y lo capacitó también para dirigir su hogar en su amor, en su paz y en su temor. Asimismo, lo capacitó para educar y enseñar a su conyuge y a sus hijos en amor. Dios dejó en su Palabra todo lo necesario para tener una familia sana y por ende, una nación sana y llena de sus bendiciones.
Sin embargo, no puede haber paz en una nación cuando en los hogares hay tanta violencia y donde se mantiene una guerra constante. Las estadísticas muestran que un 85% de los matrimonios, las esposas son maltratadas en frente de sus hijos; hogares donde muchos jóvenes se casan porque no aguantan esa vida que le proporcionan allí o porque la novia quedó embarazada. ¿Se imagina las secuelas que seguirán reproduciendo estos nuevos matrimonios, con la escuela que recibieron de sus padres?
Dios capacitó a los varones para ser los proveedores, los protectores y guías de sus familias. Es en el hogar donde vamos a aprender lo que seremos en el futuro. Los hombres responsables cuentan con un testamento que esperan sea acatado como está escrito y, ninguno de los beneficiarios puede alterar su última voluntad en favor o en contra de alguien. Nuestro Dios y Creador también nos dejó escrita su voluntad o testamento para que vivamos una vida victoriosa y llena de paz. Los verdaderamente “grandes héroes” son ¡varones llenos de Dios! Hombres que guardan sus mandamientos y sus leyes…” pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, para cuantos se opongan a la santa doctrina”
(I Timoteo 1:8-10). Hoy día hay tanta violencia debido a que se ha rechazado y olvidado la Ley de Dios. Es la Ley de Dios que escribe el temor de Dios en los corazones de las personas y los detiene del mal, la violencia y la destrucción. ¿Cómo podremos salir adelante con tanta violencia sembrada en los corazones de muchos? Dios es nuestra única solución, pues sólo él puede cambiar el corazón de los hombres y darles de su paz. Como está escrito: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por su buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra LA VERDAD; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto, es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre, ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.” (Santiago 3:13-18) Habrá paz, cuando los esposos sean los representantes de nuestro Señor Jesucristo en sus hogares… Habrá paz, cuando los hombres tengan el amor de Cristo en ellos… Habrá paz, cuando los hombres tengan la mente de Cristo para saber cómo actuar en sus hogares y con sus semejantes… Habrá paz, cuando los hombres no sólo digan que aman a sus familias y a su nación, sino que lo prueben con sus hechos… Habrá paz, cuando los hombres entiendan que las leyes de Dios no se cuestionan, más bien deben ejecutarse prontamente… Habrá paz cuando la familia solidificada en los principios ético-morales de la Palabra de Dios pueda afectar el medio ambiente en el que vive, pues para cambiar una nación es necesario que el individuo cambie primero. La paz vendrá si todos sus hijos nos atrevemos a confiar en Dios, quien todo lo puede y quien nos promete: “Si se “humillare” mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y “oraren” y “buscaren” mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; ENTONCES YO OIRE DESDE LOS CIELOS, PERDONARE SUS PECADOS, Y SANARE SU TIERRA…” (II Crónicas 7:14)
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