“El Dios Mío será Mi fuerza” PDF Print E-mail

“Jehová el Señor me dio lengua de sabios,  para saber hablar palabras al cansado… Jehová el Señor me abrió el oído… Di mi cuerpo a los heridores,  y mis mejillas a los que me mesaban la barba;  no escondí mi rostro de injurias y de esputos. Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé;  por eso puse mi rostro como un pedernal,  y sé que no seré avergonzado” (Isa 50:4-7)

En nuestros versículos proféticos previos, vimos que el Siervo del Señor prometido emprendería Su misión Mesiánica por medio de la fe en su Padre celestial. “El Dios Mío será Mi fuerza” (Isa 49:5). Estos versículos representaban a Jesús como el ejemplo máximo de fe. Ahora, un pasaje profético correspondiente revela las consecuencias benditas de confiar en el Señor. Aquí, vemos a Jesús como el ejemplo máximo de los resultados de la fe. Una vez mas, los personajes proféticos son el Mesías y Su Padre celestial. Las confesiones de Jesús (confiando en el Padre) abarcan las declaraciones proféticas.

“Jehová el Señor me dio lengua de sabios”. Jesús fue “discipulado” día por día por el Padre (ciertamente usando, en parte, Sus padres píos). “Jehová el Señor me abrió el oído”. Esto equipó a Jesús para  ministrar a vidas cargadas: “para saber hablar palabras al cansado”. De hecho, la gente se maravilló en general en cuanto a la manera en la cual Él habló. “Y todos daban buen testimonio de Él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (Lucas 4:22).

Conforme Jesús confiaba en el Padre, Él también estaría preparado para las dificultades crecientes que tendría que afrontar. “Di mi cuerpo a los heridores,  y mis mejillas a los que me mesaban la barba;  no escondí mi rostro de injurias y de esputos”. En el ir acercándose a la cruz, estas profecías de Jesús (y la capacitación que Él encontró a través de Depender del Padre) fueron cumplidas. “Entonces le escupieron en el rostro,  y le dieron de puñetazos,  y otros le abofeteaban” (Mat 26:67). Aunque Él sabía que todo esto le aguardaba antes de que Él llegara a Jerusalén esa última vez, Él puso Su fe en el Padre. “Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé;  por eso puse mi rostro como un pedernal,  y sé que no seré avergonzado”. El Padre lo ayudó. Él marchó resueltamente para cumplir Su cita redentora en la cruz. “Cuando se cumplió el tiempo en que Él había de ser recibido arriba,  afirmó Su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51). Éstas son las consecuencias maravillosas de la fe.
 

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