“El que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?” (Rom 8:32)
Por el don gratuito de Dios de Su gracia, ministerio nos es dado a nosotros. “Del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado” (Efe 3:7). Por medio de Su gracia operando en nosotros, nuestro ministerio puede estar marcado con valor y desinterés personal. “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo” (Hechos 20:24). Este patrón de gracia encaja en el plan entero de Dios, porque Su plan es un plan exhaustivo, dado gratuitamente. Como hemos visto, dar es el lenguaje de la gracia. Note la extensión a la que Dios desea darnos. Él “nos dará… todas las cosas”. Todas las cosas que Dios considera necesarias para una plenitud de vida, las hace disponibles gratuitamente por Su gracia. Las escrituras hablan repetidamente en tales términos exhaustivos. “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder” (2Pe 1:3). Todo lo que se requiere para vivir como es la intención de Dios y crecer en vida pía como Él desea ya nos ha sido dado en Cristo. Conforme continuamos en conocer al Señor, todo lo que Él nos ha dado en Cristo es traído progresivamente a nuestra experiencia: “mediante el conocimiento de Aquel que nos llamó por su gloria y excelencia” (2Pe 1:3).
La muerte de Cristo es nuestra seguridad de tener las dimensiones exhaustivas de la gracia de Dios completamente disponibles para nosotros: “El que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. Jesús es el Hijo amado profundamente por el Padre. Por medio de un profeta de antaño, el Padre proclamó este amor divino. “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien Mi alma tiene contentamiento” (Isa 42:1). Cuando el Hijo estuvo en esta tierra, el Padre declaró Su deleite amoroso directamente desde el cielo. “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien Tengo complacencia” (Mat 3:17). Jesús es revelado persistentemente como el objeto del amor del padre: “El Padre ama al Hijo… Su amado Hijo” (Juan 3:35 y Col 1:13). La magnitud del amor del padre para Su Hijo está detrás de Su dádiva de amor a nosotros. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16). Nuestro Padre amoroso y generoso no ha retenido de nosotros el regalo sacrificial de Su Hijo amado, quien murió por nuestros pecados. Ahora, si Él no retuvo Su tesoro más preciado (Su propio Hijo amado), no hay ninguna forma de que el Padre retendrá de nosotros cualquier don menor. “¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?”