“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones… Sígueme… Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Mat 28:19; Juan 1:43 y Lucas 9:23)
Vivir diariamente por la gracia de Dios depende de llegar a conocerle y luego caminar en la humildad y gracia que son consecuencia de crecer en comunión con Él. Hemos reflexionado sobre cuatro formas de relacionarnos correctamente al Señor en humildad y fe: viviendo por el Espíritu, viviendo por el poder de resurrección, viviendo por la suficiencia de Dios y viviendo por las promesas de Dios. Otro ejemplo es seguir a Jesús como discípulo. Cuando nuestro Señor estaba próximo a dejar a Sus discípulos, Él les dio las órdenes de marchar que habrían de guiar la vida de Su pueblo hasta que Él regresara. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones”. Jesús había estado llamando a la gente a que lo siguieran a Él como discípulos. Ahora, ellos debían continuar haciendo lo mismo. Un discípulo es un seguidor de un maestro, quien guía y moldea la vida de sus seguidores. Jesús es el Maestro máximo, quien nos da una nueva vida en Él – vida eterna. La invitación de Jesús al discipulado fue “Sígueme”. Junto con esta invitación, Jesús explicó a menudo los términos de discipulado: “Si alguno quiere venir en pos de Mí”. Esto informaría a los dispuestos e interesados acerca de cómo responder. Estos términos representan dramáticamente la necesidad de relacionarse al Señor en humildad y fe.
El primer aspecto de ser un discípulo de Jesús es renunciar a la vida propia. “niéguese a sí mismo”. Esto se resume en rehusar intentar de desarrollar una vida que puede ser producida por medio de recursos humanos naturales (los cuales cada uno hereda de Adán a través del nacimiento físico). Esto es un repudio a la auto justificación, auto suficiencia, auto ayuda, auto exaltación y las cosas semejantes. Nuestra disponibilidad de abrazar este término del discipulado será visto por medio de un acuerdo humilde con pronunciamientos bíblicos similares. “no proveáis para los deseos de la carne” (Rom 13:14). Aquellos que niegan al ego no quieren que la carne tenga oportunidades de darse gusto a sí misma. “la carne para nada aprovecha” (Juan 6:63).
Aquellos que renuncian al ego confiesan su total bancarrota espiritual. Nosotros “no [tenemos] confianza en la carne” (Fil 3:3). Aquellos que repudian la auto vida no quieren poner ninguna esperanza en los recursos espirituales de la carne. “a fin de que nadie [ninguna carne] se jacte en Su presencia” (1Co 1:29). Aquellos que niegan la vida del ego están de acuerdo que nada de la carne se puede jactar alguna vez de sí misma delante del Señor Dios todo poderoso.