“Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:2-3)
La primera pregunta aquí en Gálatas 3 nos trae otra vez a la mente asuntos de la justificación. “¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” Recibimos el Espíritu Santo de Dios para morar en nuestras vidas cuando nacimos de nuevo, cuando el Señor nos declaró justificados, justos delante de Sus ojos. ¿Cómo vino el Espíritu a morar en nosotros? ¿Fue por nuestro comportamiento, tratando de vivir a la altura de la ley de Dios? No, fue “por el oír con fe” Nosotros oímos las buenas nuevas de que cristo murió por nuestros pecados. Escuchamos la verdad de que Jesús podía perdonarnos de nuestras iniquidades. La fe fue despertada en nuestros corazones conforme consideramos ese grandioso mensaje. En fe sencilla, humilde, le pedimos al Señor Jesús que entrara a nuestras vidas, que fuera nuestro Salvador personal. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Las siguientes dos preguntas aplican este mismo razonamiento a la santificación. “¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” Pensar que podemos avanzar el proceso de la santificación (eso es, transformación progresiva a la semejanza de Cristo) por nuestros propios recursos humanos (eso es, por la carne) es tontería espiritual. ¡Que pensamiento tan abrumador! Así como no podríamos nunca asegurar la justificación por nuestros mejores esfuerzos, igualmente es verdad que nunca podemos aumentar la santificación personal por medio de nuestros mejores esfuerzos. ¡Sí, “El justo por la fe vivirá” inicialmente y continuamente!