“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:11-13). Una y otra vez, hemos considerado la conección entre gracia y justificación. “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Romanos 3:24 y Efesios 1:7) Ahora, tenemos una vez mas la oportunidad de considerar la relación entre gracia y santificación. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” Es la gracia de Dios la que trae salvación a la humanidad. Por cerca de 2,000 años, la gracia salvadora del Señor ha sido ofrecida a la humanidad por medio de la predicación del evangelio. Este versículo en particular añade ahora otra función a la obra de gracia. “Porque la gracia de Dios [está] enseñándonos”. La gracia de Dios no solo salva el alma de todos los que creen, también opera en la vida de los creyentes para enseñarles e instruirlos. La gracia de Dios, obrando por medio de Su palabra (la palabra de su gracia --- Hechos 20:32) instruye y moldea nuestro pensamiento y vida: “enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente”. Es la voluntad de nuestro Padre celestial que Sus hijos se aparten de aquello que es mundano y comprometedor espiritualmente. Quiere que caminemos en piedad (vida pía), en semejanza a Cristo. Dios obra esto dentro nuestros corazones por medio de Su gracia. La gracia de Dios también desarrolla vidas expectantes, ansiosas de que el Señor Jesús regrese por Su pueblo: “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. La gracia de Dios impactando nuestro corazón a través de Su palabra por medio de Su Espíritu es Su medio divino para llevar a cabo tal transformación en nosotros. Ver la santificación como algo que nosotros podemos producir a través de nuestro propio esfuerzo (eso es, por medio de la ley) es similar a desechar la gracia de Dios y menospreciar las provisiones de la cruz de Cristo. “No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21)