Muchas personas están desanimadas porque no son capaces de conquistar hábitos impuros. Ellas no se han dado cuenta de que están peleando una batalla equivocada. Los hábitos impuros son producto de pensamientos impuros, y únicamente, a medida que se gane la batalla en el área de los pensamientos, habrá esperanza de salir victoriosos en las acciones. "... de sus caminos será hastiado el necio de corazón..." (Pr. 14:14).
1. Inicie una guerra que espera ganar.
La mayoría de cristianos espera perder la guerra contra los pensamientos impuros, pero ellos esperan que tratando de oponerse a esos pensamientos, podrán hacer disminuir el número de fracasos. Esta forma de tratarlos no sólo da ventajas a Satanás, sino que destruye la misma base de disciplina y dedicación a la cual Dios nos llama en las escrituras: "No tendrás en tu corazón envidia de los pecadores, antes persevera en el temor a Jehová en todo tiempo, porque ciertamente hay fin, y tu esperanza no será cortada" (Pr. 23:17 18).
"Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado" (He. 12:3 4).
2. Reemplace los cuadros secretos en la galería de su mente.
En el corazón de los pensamientos impuros, hay cuadros secretos situados en lo profundo de nuestra mente. Durante tiempos de tentaciones o impulsos sensuales somos capaces de revivir esos cuadros y de enfocarnos en ellos. El luchar por remover esos cuadros, usualmente no funciona, pero sobre poner los cuadros de Dios sobre ellos sí. El primer cuadro vivido que debemos tener es el de Cristo siendo molido por nuestras iniquidades. La palabra "iniquidades" es usada frecuentemente para referirse a impureza moral. David dijo: “Lávame más y más de mi maldad (iniquidad)" (Sal. 51:2). Conforme confirmemos la experiencia de nuestra salvación, debemos visualizar que nuestras iniquidades le clavaron en la cruz, y que El murió con el propósito de librarnos de la impureza. "Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue juntamente crucificado juntamente con El, para que el cuerpo del pecado fuera destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado" (Ro. 6:6). "Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros..." (Ro. 6:14). La próxima serie de cuadros en nuestra mente deben ser las consecuencias trágicas en la vida de hombres en las escrituras, quienes perdieron la batalla contra la impureza: Sansón, quien perdió sus ojos, y David, con una familia y reino divididos.
3. Haga un pacto con sus ojos.
Uno de los hombres más justos que ha vivido fue Job. Una clave de su justicia se encuentra en Job 31:1: “Hice pacto con mis ojos; ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?". La clave para controlar nuestra mente, es controlar nuestros ojos: "La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas..." (Mt. 6:22 23); "Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida... Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante" (Pr. 4:23, 25). Si nuestros ojos están bajo el control de Dios, debemos entrenarlos a ver lo que El ve. Cristo no nos ve por lo que somos, sino por lo que podemos ser a través de él. Si hemos de pensar los pensamientos de Dios, tenemos que ver lo que El ve y desear cumplir lo que El quiere en la vida de cada uno. Tenemos la habilidad de visualizar cómo la gente más impía puede llegar a ser una expresión radiante y bella de Cristo. Esto nos anima a orar por aquellas personas que conocemos, en vez de codiciarlas. Esto nos tranquiliza cuando hablamos con personas, y edifica en nosotros el freno santo que necesitamos en nuestros pensamientos. Cuando nosotros visualizamos a una persona como hechura de Dios, amada por Dios, redimida por Cristo y hecha limpia a través de nuestras oraciones, somos forzados a la realización de la escritura que dice que todo lo que hagamos a esa persona se lo hacemos a Cristo: “... en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (Mt. 25:20).